El hábito de ingerir agua casi congelada de manera repentina es un tema que genera alerta entre los especialistas en medicina deportiva.
El principal riesgo radica en el choque térmico. Cuando el cuerpo se encuentra a una temperatura elevada debido al ejercicio, la introducción brusca de un líquido gélido puede sobreestimular el nervio vago.
Esta reacción, conocida como reflejo vagal, tiene el potencial de causar una caída repentina en la frecuencia cardíaca y la presión arterial, lo que se traduce en mareos, debilidad o, en casos más severos, desvanecimientos.
Además de los efectos circulatorios, el sistema digestivo también sufre las consecuencias.
El agua a temperaturas extremas provoca una contracción inmediata de los vasos sanguíneos en el revestimiento del estómago.
Este proceso interrumpe la digestión y puede derivar en calambres abdominales intensos y náuseas, ya que el cuerpo debe desviar energía para equilibrar la temperatura del líquido ingerido antes de poder absorberlo de manera eficiente.
Lo ideal es consumir agua fresca, pero no helada, manteniéndola entre los 10°C y 15°C.
Beber en sorbos pequeños y constantes, en lugar de ingerir grandes cantidades de golpe, permite que el cuerpo se aclimate gradualmente y recupere su equilibrio hídrico sin poner en riesgo la estabilidad del sistema nervioso o digestivo.
